BIOLOGÍA
Mi hijo es tu hijo
Las Madres de Plaza de Mayo de Argentina
Durante los años setenta y ochenta, 30.000 de los hijos e hijas de Argentina fueron secuestrados, torturados y asesinados en la "guerra sucia" del país. Las juntas militares se desplegaron para aniquilar la oposición izquierdista de sindicalistas, estudiantes y activistas. Cuando las tácticas del miedo gubernamentales forzaron a mucha de la población a permanecer en silencio, un grupo de madres se negaron a ocultarse.
Las madres reclamaban saber el destino de sus hijos e hijas desaparecidos reuniéndose y haciéndose ver. Unidas brazo con brazo, rodeaban la plaza frente al palacio presidencial en Buenos Aires, llevando las fotografías y los nombres de sus hijos e hijas.
No fue una sola y dramática marcha de protesta. Las madres marcharon todos los jueves a las tres y media de la tarde, durante treinta años. Su canto era siempre el mismo: "Tráiganlos con vida". Esta simple acción repetida captó la atención del mundo y transformó el destino de los desaparecidos en una causa internacional de los derechos humanos.
Cuando el gobierno civil fue restaurado en 1983, los perpetradores de las desapariciones fueron enjuiciados. Muchos recibieron poco o ningún castigo. El gobierno les ofreció a las madres una reparación: $250.000 por hijo o hija. Las discusiones sobre si aceptar o no el pago dividió el grupo en dos.
Sin embargo, las madres siguieron marchando, ahora acompañadas de un grupo de abuelas. Muchas de las mujeres desaparecidas estaban embarazadas cuando se las llevaron. Las abuelas buscaban a esta generación de niños y niñas perdidos. Hasta la fecha, han localizado más de ochenta nietos y nietas.
En 2006, los grupos de las Madres detuvieron oficialmente la protesta por los desaparecidos, pero aún se reúnen todas las semanas en la Plaza para marchar por otras causas.
En esta página, pueden ver un fragmento del film de 1985 Las Madres de Plaza de Mayo, un documental de Susana Muñoz y Lourdes Portillo nominado por la Academy Award.
Los siguientes extractos fueron tomados de Círculo de amor sobre la muerte. The Story of the Mothers of The Plaza de Mayo. La autora Matilde Mellibovsky reunió testimonios en primera persona de 21 Madres. Ella misma es madre de una desaparecida.
Madre de Alejandra Mónica Lapacó,
secuestrada el 17 de marzo de 1977, a los 19 años
Yo era excesivamente tímida y me costaba hacer cosas. Cuando pasó lo de mi hija, fue como si me hubiera despertado y, por ella, haría cualquier cosa, y me olvidé de mi timidez.
Madre de Liliana Galletti,
32 años, secuestrada el 13 de junio de 1977
Alguien me preguntó: "¿A quién tienes desaparecido?". Esa palabra me cayó como un balde de agua fría, pero al mismo tiempo comprendí que no estaba sola, que todos estábamos pasando por lo mismo. Y empezaron a contarme cosas verdaderamente terribles. Algunas habían visto cómo torturaban a sus hijos y sus hijas ante sus ojos -en sus propias casas- antes de que se los llevaran. Otras habían perdido dos o tres hijos... era horrible. (...)
Nunca, nunca nos preguntaron nada mientras caminábamos en nuestro círculo, excepto nuestros nombres, ni siquiera nuestros apellidos. (...) Y quedé marcada y vinculada por siempre a la lucha y los objetivos de las Madres.
Madre de María Marta Vázquez de Lugones, 23 años,
secuestrada junto a su marido César Amadeo Lugones, 26 años,
el 14 de 1976
Sabemos que estaban escuchando nuestras líneas telefónicas, que estaban mirándonos todo el tiempo, pero también que lo que estábamos haciendo no estaba en contra de la ley, que era humano, que era legal, que no teníamos nada que ocultar. Así que seguimos marchando, hablándonos por teléfono. Cuando queríamos decir que íbamos a tener una reunión decíamos: "vamos a jugar a la canasta", "vamos a coser". Otras decían: "vamos a hacer bordados". (...)
La policía uniformada nos enseñó a caminar en círculos. (...) Todavía no sabían quiénes éramos, pero algo los debe haber puesto incómodos, y nos empezaron a decir que circuláramos, que no podíamos quedarnos ahí. Y eso es lo que nos dio la idea de caminar todo el tiempo. Ellos nos decían: "¡Circulen! ¡Circulen!". Así que empezamos a caminar. (...) Un día alguien sugirió que camináramos "de a dos", entonces empezamos a caminar así y nos dimos cuenta de que de esa manera éramos más visibles y continuamos caminando así. No podíamos parar porque, cuando lo intentábamos, nos hacían seguir caminando...
Si un día a una de nosotras le faltaba fuerza, otra la tenía. La otra tenía palabras de consuelo, que te empujaban a continuar, palabras de valor, de coraje, y así seguíamos.
Madre de Néstor Juan Agustín Zurita,
secuestrado a los 25 años el 1 de agosto de 1975,
y de María Rosa Zurita, secuestrada a los 21 años el 1 de noviembre de 1975
Sigo buscando a mis hijos y los hijos de los demás porque, para mí, tu hija es mi hija, es pedazo mío. Mis hijos son un pedazo tuyo.
Madre de Graciela Mellibovsky,
secuestrada a los 29 años el 25 de septiembre de 1976
Nosotras las madres acordamos que deberíamos usar algo para reconocernos en caso de que alguna fuera detenida. En este punto, hablamos de usar una banda en la cabeza al estilo vietnamita o un pañuelo blanco, que todo el mundo lleva en su cartera. Eso es lo que recuerdo.
Desde entonces, el pañuelo se transformó en algo irreemplazable. Y este pequeño pañuelo se convirtió en el símbolo de la Plaza de Mayo... La gente conoce el pañuelo en diferentes partes del mundo. Y otras mujeres, en situaciones diferentes, toman la decisión de usarlo para ir a luchar por una causa "como aquellas mujeres en la Plaza de Buenos Aires".
La "Marcha de los carteles". (...) Éramos un buen grupo de madres, cada una llevando un cartel con una fotografía ampliada de su hija o hijo desaparecido. (...) Sosteníamos los carteles bien alto para que, sobre nuestras cabezas, aparecieran rostros hermosos, jóvenes, llenos de vida: los rostros de nuestros hijos e hijas. ¿Y cómo reaccionaba la gente que pasaba? Al principio, sorprendidos, estupefactos, se detenían. Sus ojos permanecían fijos en las fotos; los carteles permanecían inmóviles, inmóviles también las caras de los transeúntes. Se miraban. Porque las fotos no eran simples retratos. Ellas demostraban una existencia incuestionable que tenía que ser restaurada. Aquí estamos -con estas mismas caras, así es cómo somos, con estas miradas, estas expresiones y estas poses.
Una vez superado los primeros momentos de consternación, la gente comentaba, señalaba, se preguntaba en voz alta: "Pero estos muchachos ¿están desaparecidos? ¿Cómo es posible?". (...)
Les estábamos mostrando a nuestros compatriotas la espantosa verdad que la dictadura se esforzaba por ocultar de mil maneras.
Madre de Juan Patricio Maroni y María Beatriz Maroni de Rincón
y suegra de Carlos Alberto Rincón, secuestrados el 5 de abril de 1977
El hecho de que semejante tragedia no nos paralizara, sino, por el contrario, nos estimulara es asombroso. Nos dio fuerza para empezar a andar un camino que nunca habíamos pensado que íbamos a tomar.
Al principio, preguntamos, rogamos, repetimos peticiones para tener alguna noticia sobre nuestros hijos e hijas. ¿Se los había tragado la tierra? Después, confrontamos directamente con la dictadura para exigir su regreso. No nos preocupaba quién era más fuerte.
Nuestro amor por nuestros hijos e hijas nos hacía desafiar todo su aparato represivo.
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