Leila Janah describiendo el modelo de Samasource en un evento tecnológico en Orange Labs, en el sur de San Francisco.
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Las empleadas disfrutan su trabajo en Source for Change, uno de nuestros asociados de servicios.
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Cortesía de Samasource
Mujeres fuera de Calcuta, India, aprenden sobre las oportunidades de empleo digital a través de Samasource. Mujeres en los programas de capacitación de Samasource están conectadas con socios locales que promueven el desarrollo de medios de vida y ofrecen espacio para oficinas, acceso a computadoras e instalaciones de cuidado infantil.
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Cortesía de Samasource
Jóvenes que aprenden computación en una capacitación de Samasource en la rural Jharkand, India, cerca de la ciudad de Ranchi. Jharkand, la capital minera del país, es hogar de algunas de las personas más pobres de Asia. Samasource actualmente brinda trabajo a más de 40 aprendizas en la región.
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¿Por qué las mujeres están subvaloradas?
En el mundo, mayormente en países en desarrollo, faltan sesenta millones de mujeres. Se las aborta selectivamente, se les niega atención médica básica, se las casa de muy chicas (lo que da como resultado un alto riesgo de mortalidad materna), se las obliga a prostituirse y, en algunos casos, se las mata para preservar el honor de la familia. Este "generocidio", sostiene el ganador del Pullitzer Nicolas Kristof, es el gran azote moral de este siglo, similar a la esclavitud.
Por lo general, no tiendo a confiar en las estadísticas crudas, salvo que sean citadas por personas con experiencia en análisis de datos; es fácil manipular los números para decir lo que uno quiere oír. Así que vale la pena señalar que las cifras mencionadas vienen nada menos que del economista de Harvard Amartya Sen, que examinó esta cuestión a principios de la década de 1990. De hecho, Sen descubrió que el número de mujeres faltantes puede ser casi de cien millones, cuando contamos la esperanza de vida más larga de las mujeres y todas las formas en que son maltratadas: se estima que dos millones de niñas pasan hambre porque sus padres no las alimentan tanto como a los niños; tres millones se ven involucradas en la trata y la prostitución forzada; y en la India, millones de niñas perecen como resultado de una pobre atención de salud: tienen 50 por ciento más de probabilidades que los varones de morir entre el año y los cinco años de vida.
Oí muchas explicaciones, que van desde la cultura y la religión hasta la biología evolucionista. Pero ninguna parece tan saliente como esta: las mujeres son menos valoradas por la sociedad porque ganan menos dinero que los hombres.
No estoy hablando de diferencias salariales en el mundo desarrollado (aunque es frustrante que las mujeres aún ganen 85 centavos por cada dólar que ganan los hombres, globalmente). Estoy hablando de una dramática falta de acceso a oportunidades que permitan a las mujeres usar su cerebro, en lugar de su cuerpo, para generar ingresos.
Mientras que el índice de alfabetismo crece y más mujeres están preparadas para ingresar a la fuerza laboral formal, cada vez hay menos empleos disponibles para ellas. Vimos un tremendo incremento en la capacidad humana: el 84 por ciento del mundo ahora sabe leer y escribir. Incluso en países pobres, de acuerdo con la ONU, de las universidades se están graduando el mismo número de mujeres que de hombres y la proporción de mujeres en los estudios terciarios está creciendo.
Pero no hubo un incremento paralelo en la oportunidad económica, particularmente para las mujeres. Globalmente, la proporción sexual entre los adultos es de 1,01 varones por cada mujer. Si se distribuyera la oportunidad económica de forma igualitaria, esperaríamos ver no más de un punto porcentual de diferencia entre los índices de ocupación masculina y femenina. En cambio, la diferencia roza el 20 por ciento; la OIT informa que las mujeres suman aproximadamente 1.200 millones de los 3.000 millones de personas con empleo de todo el mundo.
Aquellas mujeres que están empleadas suelen trabajar por sueldos de pobreza, en lo que se denomina "empleos vulnerables"; es decir, empleos que no dan ninguna seguridad y que casi no generan habilidades, como tareas manufactureras de bajo nivel en zonas de procesamiento de exportaciones. En África subsahariana y en el sur de Asia, en el empleo vulnerable hay un desproporcionado 80 por ciento de trabajadoras, según UNIFEM. La crisis financiera exacerbó este problema: en Ahmedabad, India, los sueldos del sector de indumentaria cayeron un 50 por ciento y los días de trabajo en un 69 por ciento desde noviembre de 2008. A lo largo de toda India, 700.000 trabajadores textiles y de indumentaria perdieron su empleo en 2008. Con fábricas que cierran y la producción que se muda a otros lugares, las mujeres se ven obligadas a asumir varios trabajos de bajos ingresos mientras a la vez continúan con las tareas no pagas relacionadas con el cuidado de la familia.
Y aun las mujeres que tienen la suficiente suerte de encontrar un trabajo después de la universidad se ven obligadas a trabajar en sectores de bajos salarios que las mantienen en la pobreza o las exponen a condiciones laborales terribles. Durante nuestro trabajo de campo en Nairobi, Kenia, conocí a una joven llamada Freda Adundo, proveniente de un área rural del país. Freda es una joven brillante que había hecho su camino a través del sistema educativo keniano y estaba a punto de recibir un título en IT. Me dijo: "El dilema en Kenia, y en África en general, es que el costo de la educación se está haciendo tan alto que, al terminar, no puedes conseguir un empleo que ofrezca retornos comparables con lo que invertiste en la escuela". Freda tenía razón: la familia keniata promedio gasta el 277 por ciento del ingreso per cápita en una educación terciaria.
Nuestro foco en la comunidad de desarrollo no solo debe incluir educar a las mujeres, sino también conectarlas a empleos que aprovechen estas habilidades recién adquiridas.
Por suerte, existe un nuevo tipo de trabajo y, a diferencia de la manufactura, requiere pocos insumos. No necesitas rutas, líneas telefónicas o ladrillos y cemento para construir las fábricas de esta generación.
Todo lo que necesitas es un cerebro y una laptop barata conectada a Internet. El insumo primario de este nuevo trabajo digital es la inteligencia humana, que ahora tenemos en abundancia. Hace unos años, Tom Friedman escribió un libro titulado La tierra es plana, que describía cómo la industria de la tercerización global valuada en 200 mil millones de dólares estaba dando origen a una nueva clase media en India y China a través de la creación de empleos de tecnología de la información. Ahora, Internet no solo posibilita trabajos en IT. Cualquier tipo de trabajo puede hacerse en forma digital: desde etiquetar una imagen hasta traducir textos es ahora válido. Esto está creando una rápida transformación en el tipo de personas que puede hacer trabajo digital. De la misma manera en que la línea de montaje de Ford llevó la producción a lo masivo y allanó el camino para el surgimiento de la clase media estadounidense, las líneas de montaje digitales de hoy permiten a las personas con capacitación básica sumar sus habilidades en grandes flujos de trabajo que involucran a cientos de personas en muchos continentes. Internet es el nuevo taller.
Samasource toma este nuevo empleo digital y conecta una nueva clase de trabajador -mujeres marginalizadas, jóvenes y refugiados que viven en la pobreza- al crear una cadena de valor que inyecta el tan necesario capital a algunas de las partes más pobres del mundo.
El empelo digital puede ser difícil de entender, así que permítanme dar un ejemplo. En febrero del año pasado, mientras estaba viajando por Pakistán a la caza de nuevos asociados, una mujer llamada Maria Umar me envió un correo electrónico. Mencionaba que había oído que estábamos capacitando gente para trabajar a través de Internet y explicaba que era una madre de dos, que vivía en un lugar llamado Rawalpindi y que acababa de perder su trabajo como maestra. Maria, descubrí, tenía una maestría en inglés y ganaba menos de $100 por mes como docente, lo que no era suficiente para pagar los gastos de los hijos. Entrevisté a Maria a través de Skype y decidí que íbamos a tomarla y entrenarla para hacer trabajo administrativo, algo que pocos de nuestros otros asociados podía hacer. En pocos meses, Maria había tomado ritmo y tenía su primera clienta, una gerenta de proyectos de Young President's Organization que necesitaba ayuda para manejar su agenda y transcribir notas. Trabajamos con ella para formar una compañía, Women's Digital League, que ahora emplea a veintidós mujeres pakistaníes en trabajos similares. Cada una gana al menos el doble de lo que ganaba Maria como docente, en menos de la mitad del tiempo.
"Estoy ganando más que la mayoría de los hombres de mi pueblo gracias a Samasource, y estoy ayudando a otras mujeres en mi posición a trabajar desde su casa", dice Maria. "Y lenta y gradualmente, están haciéndose a la idea de que no tienen que ser víctimas impotentes que se quedan sentadas... Samasource me dio una autoestima que no había tenido en los últimos 30 años".
En el último año, con una modesta inversión inicial y muchísimo trabajo, Samasource creció para atender a cientos de mujeres de África, sur de Asia y Haití, y se asoció con varias empresas de Silicon Valley para que sean fuentes de empleo, incluyendo Intuit, Google, GoodGuide y Benetech. El ingreso que entra al sistema proveniente de estos trabajos tiene un efecto multiplicador: al capacitar a mujeres marginalizadas en trabajo digital, no solo brindamos empleo directo, sino que también aumentamos los gastos del hogar en salud y educación, aumentamos sustancialmente el salario de una mujer y disminuimos la probabilidad de que se vea forzada a dejar su comunidad para buscar trabajo. Hay mucha evidencia de que dar trabajo digno a las mujeres también reduce las posibilidades de que sean víctimas de violencia, trata o explotación laboral.
El trabajo para las mujeres importa, y este es el mensaje que en última instancia estamos enviando a los líderes globales en grandes instituciones de desarrollo. Invertir en el sustento de las mujeres y conectarlas a los trabajos digitales de la nueva economía puede allanar el camino hacia el crecimiento sostenible y el desarrollo en las partes más pobres del mundo.
Para mujeres como Maria, trabajo digno significa mucho más que un mero ingreso: es una nueva identidad, más allá de ser la esposa o la hija de alguien. "Los hombres en mi pueblo e incluso mi familia me dicen que están dispuestos a respetarme ahora".
Haciendo correr la voz e invirtiendo en trabajo digital que promueve la ocupación femenina, tenemos el poder de liberar una vasta y desaprovechada fuente de talento. Las mujeres del mundo están esperando.
Para saber más sobre el trabajo de Samasource, visite www.samasource.org.
Referencias:
Translations by 101translations.com
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