El modelo del hombre proveedor
Cómo una teoría del siglo XIX limita las oportunidades económicas de las mujeres
Karen Offen
En este momento de crisis económica global, economistas feministas están tratando de redefinir cómo medimos el valor económico y, específicamente, de abordar la manera en que las contribuciones económicas de las mujeres suelen estar marginadas u omitidas. ¿Cuál es la génesis de los modelos contemporáneos de valor económico? ¿Y por qué el trabajo de las mujeres está constantemente subvalorado? Una respuesta reside en la predominancia de una teoría omnipresente, "el modelo del hombre proveedor", que cobró fuerza por primera vez en la Inglaterra del siglo XIX.
Los defensores del modelo del hombre proveedor afirmaron que era necesaria una división sexual del trabajo; bajo este modelo, los hombres se transformaron en "productores" y las mujeres en las "consumidoras" dependientes. El trabajo de los hombres se volvió más valioso que el de las mujeres, las habilidades de los hombres se consideraban más importantes que las de las mujeres, y a los hombres se les pagaba más sobre el fundamento de que tenían que mantener a su familia (aunque en la práctica su salario no siempre bastaba). Por esta manera de pensar, las mujeres también se convirtieron en mercancía, a medida que el matrimonio se fue convirtiendo crecientemente de una institución religiosa en una económica: una degradada "institución de apoyo para el sexo femenino", como lo denominó la crítica alemana Louise Otto en 1847.
A medida que el modelo del hombre proveedor ganaba importancia, las mujeres empezaron a sufrir cada vez más lo que se llamó "la feminización de la pobreza". La predominancia del pensamiento del "hombre proveedor" afectó la paga de las mujeres que trabajaban fuera del hogar, que debían ganar solo la mitad, o menos, de lo que los hombres ganaban haciendo la misma tarea. Como resultado, ya en la década de 1830 empezaron las campañas de "igual paga por igual trabajo", que continúan todavía hoy.
Los socialistas del siglo XIX en Inglaterra y toda la Europa continental sostenían que la independencia de las mujeres dependía de su derecho al trabajo pago, y afirmaban que esto solo traería la solución a lo que se denominaba la "cuestión de la mujer", el vívido debate de la época sobre los roles y derechos en la sociedad que las británicas reclamaban. Otros sugerían que, aun si permitir a las mujeres trabajar a cambio de un pago no fuera toda la solución, el derecho a un salario ciertamente ofrecía un paso en la dirección correcta (aunque no atacaba las disparidades en la división sexual del trabajo en el hogar, que ponía una carga doble sobre las esposas y madres que hallaban empleo independiente). Los docentes abogaban por la formación ocupacional de las niñas de las clases más pobres para que adquirieran habilidades que les sirvieran para el mercado laboral.
El crecimiento de la cantidad de mujeres solteras de clase media cuyas familias no podían mantenerlas estimuló la demanda de la educación profesional; por ejemplo, permitirles estudiar para ser maestras. En contraste, las mujeres pobres muy frecuentemente se convertían en víctimas de un "comercio de mujeres" internacional que se desarrolló para atender las necesidades sexuales extramaritales de los hombres. En las áreas urbanas, cuando las mujeres no casadas o aquellas abandonadas por sus maridos no podían ganar lo suficiente para mantenerse o mantener a sus hijos, solían recurrir a la prostitución para llevar el pan a la mesa y pagar el alquiler.
Este modelo del hombre proveedor, defendido por los economistas politicos ingleses (con notables excepciones, como la del filósofo, economista y feminista británico John Stuart Mill), se difundió y arraigó firmemente en muchas partes de Europa y del mundo. Incluso fue respaldado por el Vaticano, con la encíclica Rerum Novarum (1891) del papa León XIII. Después de la Primera Guerra Mundial, los gobiernos decretaron que las mujeres debían dejar los trabajos que asumieron durante la guerra para dejarlos a los hombres que volvían. Organizaron sistemas de seguridad social para favorecer a los hombres que eran sostén de familia.
Entre los más férreos defensores del modelo del hombre proveedor, estaban los misioneros cristianos en el extranjero. Durante el período de la colonización europea y posteriormente, a fines del siglo XX, continuó afectando las políticas de desarrollo en un modo que desfavorecía mucho a las mujeres que se habían acostumbrado a controlar la tierra, dominar la producción agrícola, a vender sus productos en el mercado y a manejar los procedimientos.
En su precursor libro de 1970, Woman's Role in Economic Development, la economista danesa Ester Boserup hizo hincapié en cómo los expertos en desarrollo agrícola del primer mundo que trabajaban en África subsahariana favorecían a los hombres como proveedores al enseñarles a "cultivar con métodos modernos" y "a operar los nuevos tipos de maquinaria" para producir cultivos comerciales. Así "la productividad del trabajo de los hombres . . ... aumentaba mientras la de las mujeres permanecía más o menos estática", lo que tuvo "el inevitable efecto de mejorar el prestigio de los hombres y diminuir el estatus de las mujeres". Estas intervenciones estaban impulsadas por los principios del modelo del proveedor.
Los valores arraigados por el modelo del hombre proveedor siguen siendo centrales en el pensamiento económico contemporáneo y son justamente atacados por muchas mujeres y hombres. Si vamos a aprovechar este momento para repensar nuestro sistema de valor económico, en el corazón de nuestro nuevo pensamiento debe haber una reevaluación y un rechazo del modelo del proveedor. Debemos usar este momento para reafirmar que el trabajo de las mujeres debe ser valorado y pagado tanto como el de los hombres, ya sea un empleo en la economía como se entiende convencionalmente o el trabajo que las mujeres hacen dentro del hogar.
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