A medida que el mundo lucha para recuperse de la crisis económica mundial, especialistas, legisladores y trabajadores se quedan pensando cómo se reacomodarán las fichas. Muchos economistas predicen que el futuro crecimiento de la economía mundial dependerá de las economías emergentes en los países en desarrollo; otros predijeron que las mujeres, un segmento que a menudo se pasa por alto de la fuerza laboral global, finalmente ocuparán su lugar completo en la economía mundial.
Si estos expertos están en lo cierto, las mujeres en América Latina están en una posición particularmente favorable.
Desde 2003 hasta 2008, América Latina vivió su mayor índice de crecimiento del Producto Bruto Interno (PIB) desde la década de 1970, con incremento promedio del 5,5%. La crisis económica mundial que empezó en 2008 desalentó el crecimiento, pero en 2010 los analistas proyectan que la economía de la región se expandirá otra vez. Algunos predicen que los próximos diez años serán la "década de América Latina," un período durante el cual la región asumirá una posición mucho más poderosa en la economía global.
Si bien se espera que las mujeres latinoamericanas sean claves para este crecimiento, también enfrentan enormes obstáculos, incluyendo estructuras sociales profundamente arraigadas que oprimen a las mujeres, una economía informal dominante y un lento inicio en políticas que alientan la igualdad de género. Entonces, ¿cómo encajan las mujeres en el futuro económico de Latinoamérica? ¿Y qué desafíos tienen por delante?
América Latina posee el ignominioso título de ser la región que tiene la brecha entre ricos y pobres más amplia del mundo. En la Argentina, por ejemplo, el 10 por ciento más rico de la población gana más del 40 por ciento del ingreso del país, mientras el 10 por ciento más pobre gana apenas el 1 por ciento.
Aunque más de un tercio de los habitantes de la región todavía son pobres, durante el reciente crecimiento de la zona, la pobreza se redujo marcadamente. Hoy se consideran que hay 37 millones empobrecidos menos en latinoamericanos que hace una década. Sin embargo, las mujeres en América Latina siguen siendo particularmente vulnerables a la pobreza, y tienen un 17 por ciento más de probabilidades que los hombres de sufrir pobreza extrema. De hecho, la probabilidad de una mujer ser pobre en realidad aumentó en los últimos diez años.
Sin embargo y a pesar de las inequidades persistentes, las mujeres no se quedaron atrás. Cien millones de mujeres en América Latina están trabajando en empleos pagos fuera del hogar; más que nunca antes.
Pero mientras que tomar más trabajo mejoró la vida de las mujeres, tasas más altas de empleo no significan necesariamente una mejor calidad de vida. Más de la mitad de todas las trabajadoras en América Latina están empleadas en la economía informal, un sector que no paga impuestos y no está incluido en la medición del PIB del gobierno. Las mujeres que trabajan en la economía informal no reciben beneficios, salarios o la protección de las regulaciones de seguridad; además, son particularmente vulnerables a recortes en horas o pérdida del empleo. Por otra parte, el sector informal suele pagar poco: en 2006, antes de la crisis, el 33 por ciento de los trabajadores del sector informal eran pobres, en comparación con el 16 por ciento del sector formal. Sin embargo, incluso aquellas mujeres que trabajan en el sector formal ganan solo 75 centavos por cada dólar que gana un hombre. Esta brecha salarial regional es notablemente más alta que el promedio global de 84 centavos por cada dólar ganado por un hombre. Y en toda América Latina, las mujeres siguen estando notablemente ausentes de las posiciones corporativas más altas.
Las mujeres también realizan la mayor parte del trabajo de provisión de cuidados no remunerado, y suelen trabajar casi tres veces más que los hombres en el trabajo "voluntario" dentro de su casa. La crisis económica ejerció presión sobre los gobiernos para recortar el gasto en programas sociales, incluyendo cuidado infantil, salud y educación, lo que aumentó aun más la carga de las mujeres en el hogar. En efecto, más de la mitad de las latinoamericanas de entre 20 y 24 años dicen que trabajan tanto en su casa que no pueden buscar un empleo pago.
La crisis económica condujo a un marcado descenso en las industrias dominadas por mujeres, como el turismo y la exportación. Actualmente, más del 10 por ciento de las latinoamericanas están desempleadas (en comparación al 8,8 por ciento al inicio de la crisis).
El 75 por ciento de las trabajadoras de Latinoamérica están empleadas en el sector de servicios (que incluye el turismo, el empleo doméstico y la provisión de cuidados), un número mucho más alto que el promedio global de 18 por ciento. La industria del turismo se vio especialmente afectada por la crisis, ya que es extremadamente susceptible a la caída de los ingresos.
Al disminuir las oportunidades en casa, se estima que tres millones de latinoamericanas migraron a otra ciudad u otro país en busca de trabajo remunerado. Las remesas -el dinero enviado por un cónyuge u otro miembro de la familia que trabaja en otro país- son una parte esencial de muchos de los ingresos latinoamericanos y del PIB global de muchos países. En épocas de crisis económica, el trabajo en el exterior es menos seguro y los migrantes ganan menos dinero para enviar a su casa. Esto afecta a las mujeres en ambos lados de la frontera: aquellas que migran trabajan más por menos paga y son más vulnerables a condiciones de explotación laboral o a la desocupación; aquellas que se quedan en su casa suelen depender de remesas que pueden no llegar.
En 2009, los países latinoamericanos recibieron alrededor de $58.8 billones en remesas, un 15 por ciento menos que en 2008. Tener menos remesas hace que sea más difícil para las mujeres mantener su hogar y dar de comer a su familia. Afortunadamente, los expertos predicen que las remesas se estabilizarán, y quizás incluso aumenten, en el curso de 2010.
En toda América Latina, el legado del machismo (con una larga tradición de la superioridad masculina y la dominación de las mujeres) persiste a pesar de los avances en los derechos de la mujer y su participación política. La crisis ha desatado y renovado algunos aspectos del machismo, y la violencia contra las mujeres ha aumentado en los años posteriores a la crisis económica. Para las mujeres con parejas desempleados en el hogar, el estrés del trabajo precario, el subempleo y no dinero suficiente han exacerbado los niveles de violencia domenstica. En algunos países, el femicidio o feminicidio no es inusual.
Algunos expertos dicen que la violencia contra las mujeres latinoamericanas podría deberse en parte a la mayor autonomía y educación de la mujer. Maria Flórez-Estrada Pimental del programa de la Agenda Económica de las Mujeres UNIFEM dice que estos hechos "constituyen un fuerte desafío de los privilegios masculinos que puede explicar, aunque no justificar, la violenta respuesta masculina a esta pérdida de poder de los hombres sobre las mujeres."
En los años previos a la crisis, muchos gobiernos latinoamericanos iniciaron políticas para reducir la desigualdad, ayudar a los empobrecidos y -en última instancia- beneficiar a las mujeres.
Un ejemplo son los programas gubernamentales de transferencia de dinero, un tipo de ayuda social exclusivo de la región por el cual se otorgan incentivos financieros a hogares de bajos ingresos siempre y cuando cumplan ciertas condiciones, como que sus hijos vayan regularmente a la escuela y tengan atención de salud. Los programas de transferencia de dinero beneficiaron alrededor de 110 millones de latinoamericanos. Estas iniciativas pueden ayudar algunas mujeres, pero en última instancia no ofrecen suficiente asistencia para que las mujeres y las familias superen otras barreras para la movilidad social, como calidad de educación, empleo estable y buen cuidado infantil.
Algunos gobiernos también lanzaron innovadoras políticas en favor de los pobres y en favor de las mujeres. Por ejemplo, los líderes en Uruguay y Chile pusieron en marcha iniciativas para mejorar la educación infantil y brindar más protección para los trabajadores domésticos. Los gobiernos de Chile, México, Argentina y El Salvador implementaron medidas para aumentar el empleo femenino; México incorporó asesores gubernamentales para asistir a las mujeres que buscan trabajo; y Argentina creó un programa para aumentar el ingreso y la permanencia de las mujeres en la educación general y en la formación laboral, con especial esfuerzo puesto en incrementar la contratación de mujeres mayores de 45 años.
Además de ser beneficiarias de políticas públicas orientadas a ellas, las mujeres en América Latina están tomando el control, haciendo cambios innovadores y mejorando su calidad de vida. Por ejemplo, grupos de trabajadoras se unieron para desarrollar cooperativas de trabajo participativas, como Coopa-Roca en Brasil, donde las mujeres de uno de los barrios más pobres de Río ganan un salario justo por coser ropa de moda para diseñadores. Estas cooperativas dirigidas democráticamente empoderan a las mujeres al fomentar su independencia, autoestima y estabilidad financiera.
Las latinoamericanas también están aprovechando las oportunidades educativas. En muchos países, el nivel de educación de las mujeres llegó a estar a la par al de los hombres, y en algunos países -como Argentina y Brasil- se inscriben más mujeres que hombres en la universidad.
Además, en Latinoamérica las mujeres están siendo elegidas para ocupar cargos públicos en índices que superan al de Estados Unidos y otros países desarrollados.
Por ejemplo, en Costa Rica y Argentina, cerca del 40 por ciento de los legisladores son mujeres, comparado con el 17 por ciento promedio de los Estados Unidos. En forma notable, hace poco varias mujeres fueron elegidas como jefas de estado, incluyendo a Laura Chinchilla en Costa Rica, Cristina Fernández de Kirchner en Argentina y la actual presidenta electa de Brasil Dilma Rouseff.
Con América Latina posicionada para asumir un lugar más central en la economía mundial, las mujeres de la región también están mejor ubicadas para reducir las desigualdades de género que vienen desde hace mucho tiempo. De hecho, a menos que la región sea capaz de aceptar y engendrar la paridad entre hombres y mujeres, es poco probable que pueda realizar su pleno potencial económico. Un informe especial de The Economist sobre Latinoamérica señalaba que: "Las causas del fracaso relativo de América Latina para desarrollarse son objeto de un intenso debate ideológico actualmente... muchos especialistas serios sostienen que la culpa es de las desigualdades extremas que persisten en la región".
De este modo, mientras la región anticipa posible crecimiento, estabilidad y poder, el lugar de las mujeres en la sociedad latinoamericana debe seguir siendo una cuestión central. Si cambios estructurales en el gobierno y en la sociedad coinciden con los avances logrados por las mujeres latinoamericanas a medidada que trabajan fuera del hogar, pasan del sector informal al formal, crean soluciones innovadoras para la desigualdad laboral y aprovechan los programas y políticas públicas orientadas a ellas, toda la región está lista para beneficiarse y hacer enormes avances en las próximas décadas.
Publicado por el International Museum of Women el 15 de noviembre de 2010 como parte de Enfocándose en América Latina. Un agradecimiento especial para la asistente de investigación Catherine M. Bartch.
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